Enrique García presidió el CAF durante 25 años y asegura que “América Latina debe pensar en serio y de una forma más pragmática en los procesos de integración”. 

A inicios de este mes el economista boliviano Enrique García culminó su gestión de 25 años al frente del CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, un organismo multilateral que financia proyectos en 19 países de América del Sur, el Caribe y Europa.

En un cuarto de siglo, García ha tenido una posición privilegiada para atestiguar e intervenir en las crisis y bonanzas que ha experimentado la región, por lo que no duda en afirmar que “una buena macroeconomía no es ideológica, no conoce derechas e izquierdas, sino que se centra en la racionalidad”.

Desde que este economista llegó al CAF en 1991 se han aprobado más de 150 mil millones de dólares en proyectos para los países miembro, además el organismo aumentó su capital más de 18 veces ubicándose en 10.474 millones de dólares, lo que lo convierte en una de las principales fuentes de financiamiento para la región. A continuación presentamos algunos fragmentos editados de la última entrevista que García ofreció como presidente del CAF:

En el ámbito económico, ¿cómo era el continente que encontró al inicio de su gestión en 1991?

Estábamos saliendo de lo que se conoce como la “década perdida”, los años ochenta fueron una época mala para el continente porque sobrevino la crisis de la deuda externa y muchos países entraron en procesos de desequilibrios macroeconómicos que produjeron mucha inflación y una gran recesión. A principios de los noventa hubo un renacer que coincidió con la vuelta de la democracia en la mayor parte de los países en los que, por décadas, estuvo ausente.

¿Qué cambios favorecieron el inicio de ese renacer económico del que habla?

Se optó por un proceso de reformas en el que hubo una gran homogeneidad para lograr que los países se encaminaran a una economía más abierta. Renació el concepto de integración con el enfoque de regionalismo abierto, lo que profundizó los cambios en las economías cerradas y apareció Mercosur. Poco a poco, la región avanzó con estabilidad y un crecimiento razonable, pero no se lograron todas las reformas necesarias.

Desde el año 2000 sucedieron una serie de cambios con el auge de las materias primas, ¿cree que los gobiernos gestionaron bien esa bonanza?

Un factor clave fue el dinamismo de la economía asiática, especialmente la de China, que originó un flujo de dinero impresionante hacia este continente. La primera parte del milenio estuvo marcada por un crecimiento superior al de los años anteriores y, lo más importante, una reducción espectacular de los índices de pobreza. Esa fue la buena noticia, la mala es que algunos gobiernos pensaron que esa situación excepcional en términos de intercambio sería permanente y no se hicieron las reformas necesarias para acabar con los problemas estructurales de la región.

¿Cuáles cree que fueron los aspectos que impidieron el despegue económico de la región?

Sigue siendo una región muy ligada al modelo tradicional de ventajas comparativas, es decir, énfasis en materias primas pero sin un mayor valor agregado. Los precios del petróleo, de los minerales y la agricultura fueron muy altos pero no lo suficiente. Aunque en la crisis internacional de 2008 nos defendimos razonablemente bien, durante los últimos años hubo grandes cambios en la economía mundial y muchos países han disminuido su crecimiento. Si examinas las cifras de la región ves que hay recesión, estamos en negativo en muchas áreas y el crecimiento es marginalmente positivo.

En ese análisis pesan mucho las economías grandes como Brasil, que cayó un 3,5 por ciento y solo crece marginalmente este 2017, Venezuela que se ha desplomado con una de las inflaciones más altas y Argentina que no termina de arrancar, sin embargo el promedio de crecimiento en muchos países está por encima del 2,5 por ciento por lo que no hay una crisis similar a la de los años ochenta.

De las economías regionales ¿cuáles destacaría por su solidez en la actualidad?

Es evidente que existen países con más consistencia en sus gestiones, al margen de las crisis. Perú o Chile, por ejemplo, han tenido problemas pero tienen continuidad y eso se traduce en crecimiento, Brasil pasa por un mal momento pero el gobierno está tomando las medidas necesarias a nivel macroeconómico. Bolivia, mi país, tiene un gobierno de izquierda pero sus políticas macro no han cambiado desde hace varios años por lo que es una economía que crece por encima del 4,5 por ciento, hay empleo y un buen manejo fiscal y monetario.

Represa Hidroeléctrica Yacyretá, ubicada entre Argentina y Paraguay, uno de los proyectos que contó con financiamiento del CAF en América Latina. CreditCAF-Banco de Desarrollo de América Latina

¿Qué estrategias habría que cambiar para revertir la crisis de los países más afectados?

Las sociedades no entienden que sin una macroeconomía estable no puedes lograr un crecimiento sostenido. América Latina necesita un cambio estructural importante porque invierte poco. En promedio solo invierte un 20 por ciento del PIB mientras que los países asiáticos alcanzan niveles de un 35 por ciento, hay casos únicos como Panamá que ha crecido al 10-12 por ciento y con obras como el Canal invierte un 27-28 por ciento. Otro aspecto es el bajo ahorro interno, el promedio en la región es de 18 por ciento del PIB, mientras que Asia se ubica en un 40 por ciento.

El auge de las nuevas tecnologías parece indicar que habrán muchos cambios a nivel educativo, ¿cuál sería su recomendación para los gobiernos latinoamericanos?

No basta con combatir al analfabetismo sino que deben fomentar una educación para el siglo XXI, que no solamente implica lo tradicional sino nuevas habilidades como la programación para que la gente se pueda incorporar a la fuerza de trabajo del futuro. En los próximos 25 años sucederá otra Revolución Industrial en la que muchos empleos se van a acabar por lo que tenemos que preparar a los latinoamericanos para que puedan incorporarse en una nueva economía de tecnologías digitales. También hay una deuda en infraestructura porque, en promedio, la región solo invierte el 3 por ciento del PIB cuando debería ser el 5 o 6 por ciento.

¿Cómo cree que la presidencia de Donald Trump cambiará las relaciones entre Estados Unidos y América Latina?

Si tomamos lo que ha pasado en los primeros meses, es evidente que la gente está muy asustada. Pero, por ejemplo, estoy seguro de que la relación con México va a profundizarse mucho más porque el TLCAN le ha brindado muchos beneficios a ambas naciones. Las negociaciones van a ser mucho más serenas pero nuestra recomendación es que América Latina debe pensar en serio y de una forma más pragmática en los procesos de integración.

Los gobiernos deben centrarse en problemas prácticos como incrementar la oferta de bienes y servicios, estimular que hayan relaciones comerciales fuertes y competitivas para exportar más. Creo que el diálogo va a ser muy importante. El proteccionismo de otras regiones se va a reflejar acá por lo que los países deben unificar sus posiciones para incrementar la capacidad de negociación, porque las posiciones individuales pueden debilitarnos.

Los constantes escándalos de corrupción han minado la credibilidad de muchos gobiernos ¿cómo podrían enfrentar esa crisis?

Si miras las encuestas de la región ves que las poblaciones califican mal a sus gobernantes porque existe un nivel de frustración con la corrupción. Un tema fundamental es la transparencia, los escándalos han causado un daño enorme y los ciudadanos están tan indignados que ya no creen en los partidos políticos y las instituciones.

El riesgo es que en los procesos electorales del futuro puedan votar por líderes que tienen un discurso muy emotivo pero no tienen planes de encaminar a las economías en una senda de crecimiento. Espero que busquen mejorar la calidad de vida de la mayor parte de los latinoamericanos, que las escuelas sean centros de formación de recursos humanos para que surjan emprendedores. Los padres tienen derecho a pensar que sus hijos tendrán una vida mejor.

  
Pulso Julio 2017

14 de Agosto